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Hace ya muchos millones de años, nació una mujer. Una mujer tan hermosa como aún podemos verla. Al nacer estaba hecha de piedra, y de tierra. Lentamente fue creciendo, y haciéndose más bonita todos los días, aprendió de la vida, y todo a su alrededor la fue conformando, reuniendo así el conocimiento y la libertad infinita. Sufrió grandes cambios, cosas que ella nunca pudo explicar. Sintió como de ella brotaban miles de bultos de piedra que fueron explotando y sacando un gran líquido hirviente. Ella sufrió un gran dolor, pues como todo proceso de cambio hace un impacto. Sin embargo, las heridas sanaron pronto. La muchacha siguió creciendo, aprendiendo nuevas cosas cada día. Y sonriendo. Conoció en el infinito a dos seres muy especiales: el cielo y el sol.
Un día, la mujer platicando con el cielo, comenzó a notar que éste estaba desapareciendo. Una inmensa nube gris comenzó a nublarle la vista a la muchacha, y ésta al no saber lo que estaba ocurriendo se soltó a llorar. El llanto ella no lo conocía. Sentía como pequeñas gotitas corrían por toda su inmensidad y sentía una especie de tristeza. No pudo dejar de llorar. Hasta que se dio cuenta de cómo esa nube se fue alejando de ella, y se esfumó. La muchacha estaba cubierta de agua, agua de su llanto.
El sol, al ser más viejo que ella, la consoló, y le dijo:
-No debes sentirte así, no hay razón alguna.
La mujer respondió:
-Razones tienes tú, que no debo de sentirme así, más mi sentimiento dice algo más allá de la tristeza.
-Ahora que ya no lloras –le dijo el sol- te darás cuenta de cómo toda tristeza tiene un mensaje al final, ésta agua que te rodea te traerá un cambio. No puedo decirte más. Tendrás que averiguarlo sola.
Pasaron los años, y las palabras del Sol comenzaron a materializarse. El agua le regaló un fruto. Una roca de sentimiento, que al parirla se fue volando lejos de su madre. Una hija, maravillosa, llena de luz, que cuando nació, se quedó volando, en lo alto, y luego en lo bajo. El Sol al ver tan emotivo momento le dijo a la mujer:
-Este es tu dichoso regalo, y para que lo tengas presente, lo alumbraré con mi luz por las noches, para que veas a tu hija crecer, y tengas mi reflejo en ella. Todas las noches, cuando la mujer no veía al sol, se veía una niña con un resplandor alrededor, y una sonrisa que a todos deshacía. La madre agradeció al sol, al cielo y al agua que aun la rodeaba por otorgarle ese regalo.
1 comentario:
te amo!
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